Es mágico y cruel -como tantas otras cosas, basta ya de lloriqueos- darse cuenta de la necesidad de un trabajo tan oscuro y en apariencia retorcido como el de alterar la sustancia de nuestra costra para no andar sufriendo, esperándolo o no, un proceso de muda cada cierto tiempo. Un cambio a una costra cada vez más grande y a menudo más dura que nos permita mantener hasta nuevo aviso la ilusión de libertad de movimiento cuando nos limpiemos el culo a diario.
Una costra más blanda, una costra gelatinosa, flexible, una costra de gasa, de aire cargado, de vacío, una costra de miedo desenmascarado y mundo real, una costra inexistente al fin, para crecer aterradora y divertidamente suelto.
Si no os va ni el trabajo ni esa magia, no tendréis esa necesidad de continua firme torsion que hace doler las articulaciones de algunos adolescentes, ni habréis de alterar nada conscientemente. Olvidad lo que dije de la costra; nada os detendrá cuando os limpiéis el culo, no temáis.
Enlazo, antes de que se canse de escribir y de rebuscar tanto en todo...