El joven estaba sentado. Acababa de comer y su herida ya estaba convenientemente limpia. No volvería a reparar en ella si no había que limpiarla otra vez. Fuera, había pájaros. Dentro, una temperatura aceptable y ruido de máquinas inútiles. En todas partes, el otoño. Nada de lo que preocuparse.
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La mujer de la casa vino otra vez. Parecía que se iba a volver a poner pesada. La evitó durante un rato, hasta que descubrió su herida y las preguntas fueron inevitables. Qué cotorra y qué cotilla, sabe perfectamente que no puedo responderle. "Déjame", le dijo, seca y tranquilamente. Ella no dejaba de inquirir y de intentar tocarle la herida. "¡Déjame!", consiguió zafarse y salir.
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Había salido el Sol y volvía a tener hambre. "Tal vez cuando vuelva ella no esté. Ahora sí está. Comeré algo fuera".
Pero podía esperar; la morenaza del otro día andaba cerca. Echó a andar.
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Vuelve a salir el Sol. Hay que pasar por la casa otra vez.
Después de tener que rajarle los morros a ese boquirrubio ha encontrado a la morenaza y se la ha tirado, pero con tanto trajín no ha habido manera de comer hasta ahora, y ya no le apetece comer fuera.
Dentro, la comida de siempre. Al menos no le han visto, y el agua estaba limpia. Hace buen día, mejor descansar arriba, al sol. Sigue habiendo pájaros. Y una lagartija. Y un perro ladra ahí abajo. La herida está limpia.
Mierda, aquí viene otra vez. A descansar al tejado.